Escribo desde que aprendí a leer, aunque no siempre supe que eso podía llamarse oficio. De pequeña escondía cuadernos debajo de la cama. En la adolescencia, la escritura fue el único lugar donde pude nombrar lo que sentía sin que nadie me interrumpiera. Después estudié literatura, trabajé en editoriales, escribí para otros, y un buen día comprendí que había dejado de escribir para mí. Entonces empecé de nuevo, desde cero, como quien vuelve a una casa abandonada.
Lo que más me inspira de la escritura es que permite hacer visible lo invisible. Una emoción confusa, un recuerdo enterrado, una pregunta que no deja dormir, pueden tomar forma en una página. Me conmueve la idea de que las palabras, bien puestas, pueden ser un refugio para alguien que nunca conoceremos. Eso me hace sentir que el oficio tiene sentido.
Cuando enseño escritura creativa, lo que más quiero transmitir es permiso. Permiso para ser confuso, para no saber, para escribir mal, para repetirse, para ser vulnerable. Mucha gente llega convencida de que no tiene nada que contar. Mi trabajo es ayudarles a descubrir que todos llevamos una voz que solo necesita ser escuchada.
Un momento significativo fue leer, en una clase, un texto de una mujer que había escrito sobre su padre ausente. Ella lloró mientras lo leía, y varios de nosotros también. Después me dijo que había llevado diez años sin poder hablar de eso. La escritura no lo había resuelto, pero lo había liberado del silencio. Ese día entendí que escribir también puede ser sanación.
El impacto de mi trabajo lo mido en pequeños milagros: alguien que vuelve a leer después de años, alguien que se atreve a publicar su primer texto, alguien que descubre que su historia importa. No cambio vidas enteras, pero a veces ayudo a que una persona se reencuentre con su propia voz. Y eso ya es mucho.
Me gustaría que la gente entendiera que escribir no es un talento mágico ni un don para pocos. Es una práctica, como caminar o cocinar. Y como toda práctica, se cultiva con paciencia, con fracasos y con constancia. La literatura no es solo para los elegidos.
Para mí, escribir está íntimamente ligado al bienestar. Poner en palabras lo que pesa o lo que se anhela es una forma de cuidarse. Es creatividad, sí, pero también es honestidad. Y la honestidad, a la larga, siempre devuelve algo de paz.
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