Mi camino comenzó con el barro bajo las uñas y la vergüenza de no saber qué estaba haciendo. Crecí en una casa donde nadie se dedicaba al arte, pero sí había una abuela que amasaba pan todos los sábados. Creo que algo de ese gesto repetido, de las manos transformando algo blando en algo con sentido, quedó en mí. Llegué a la cerámica después de una crisis creativa: había estudiado diseño, trabajaba mucho, pero sentía que no tocaba nada real.

Lo que me inspira de la cerámica es su honestidad. El barro no engaña. Si aprietas demasiado, se deforma. Si no centras bien la pieza, se cae. No hay atajos. Me enseñó que la belleza no está en la perfección, sino en la intención con la que se hace cada gesto. Una taza ligeramente torcida puede ser más hermosa que una perfecta, porque guarda el aliento de quien la hizo.

En mis talleres busco que la gente entienda que no viene a hacer una pieza bonita, viene a encontrarse con sus propias manos. Muchos llegan pensando que no son creativos, que no les va lo manual. Y se van descubriendo que tienen una capacidad de concentración y de cuidado que habían olvidado. Eso es lo que intento despertar: el reconocimiento de que crear es parte de nuestra naturaleza.

Un momento que marcó mi trayectoria fue cuando un alumno de setenta años, que nunca había hecho nada con sus manos, me regaló una vasija pequeña que había modelado. Tenía grietas, el esmalte había quedado irregular, y era una de las piezas más conmovedoras que había visto. Me dijo: “Esto es lo único que he hecho solo en muchos años”. Desde entonces supe que el taller no era sobre cerámica, era sobre reconexión.

El impacto del trabajo lo veo cuando alguien se sienta al torno y deja de hablar. Cuando el ruido interno se calla porque las manos están ocupadas en algo que exige presencia. Muchos alumnos me cuentan que el taller se convirtió en su espacio de paz semanal, casi terapéutico.

Me gustaría que la gente entendiera que la cerámica no es una disciplina anticuada ni solo decorativa. Es una práctica de paciencia, de aceptación del error, de aprender a levantar lo que se derrumba. Enseña humildad con las manos llenas de barro.

La cerámica, para mí, es crecimiento personal hecho tangible. Cada pieza pasa por etapas: caos, forma, espera, fuego, sorpresa. Es imposible no ver ahí una metáfora de la vida. Y en ese proceso, uno aprende a cuidar, a esperar y a confiar.

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