Llegué al yoga en medio de una vida que me pedía más de lo que podía dar. Era médica, trabajaba largas jornadas, y había aprendido a confundir el agotamiento con el compromiso. Mi primer clase de yoga la tomé por recomendación de una amiga, casi a regañadientes. Recuerdo que, al final, en shavasana, sentí algo que no recordaba haber sentido: quietud. No paz absoluta, solo quietud. Y eso fue suficiente para volver.
Lo que más me inspira de esta disciplina es que no pide que seas flexible, ni espiritual, ni perfecto. Solo pide que llegues. Me conmueve ver cómo personas de todas las edades descubren que su cuerpo puede ser un lugar de regreso, no solo una máquina para producir. El yoga me enseñó que el bienestar no es un estado final, es una relación que construimos día a día.
En mis clases busco transmitir escucha. No la escucha del silencio forzado, sino la escucha atenta de uno mismo. Muchos vienen con el cuerpo apretado por años de estrés y no lo saben. Mi trabajo es ayudarles a notarlo, a respirar un poco más profundo, a darse permiso de pausar. No vengo a corregir posturas, vengo a acompañar procesos.
Un momento que cambió mi forma de enseñar fue cuando una alumna me confesó, al final de una clase, que había llorado durante la relajación. No de tristeza, me dijo, sino de alivio. Que era la primera vez en meses que se permitía estar quieta sin sentir culpa. Entendí que el yoga, muchas veces, es un puente hacia emociones que no tenemos tiempo de sentir.
Creo que mi trabajo impacta cuando alguien aprende a respirar de nuevo. Parece pequeño, pero no lo es. Cuando una persona recupera su respiración, recupera algo de su autoridad sobre sí misma. Eso transforma cómo se levanta, cómo habla, cómo se enfrenta al día.
Me gustaría que las personas entendieran que el yoga no es una performance de elasticidad ni una religión. Es una invitación a volver al cuerpo, a estar presente, a no juzgarse tanto. Es una práctica radical en un mundo que nos pide constantemente que escapemos de nosotros mismos.
Para mí, el yoga es creatividad porque reorganiza lo que sentimos; es crecimiento personal porque nos confronta con nuestras limitaciones; y es bienestar porque nos devuelve, una respiración a la vez, a casa.
← Volver a Personas que inspiran