Llegué a la fotografía casi sin buscarla. De niña pasaba horas mirando las sombras que entraban por la ventana de la casa de mi abuela, cómo la luz del atardecer pintaba el muro de color miel, cómo las cosas más simples parecían detenerse cuando alguien las miraba con atención. Después de años trabajando en una oficina, un día salí a caminar con una cámara prestada y descubrí que mirar me devolvía algo que había perdido: la capacidad de asombrarme.

Lo que más me inspira de la fotografía es que no se trata de capturar la realidad, sino de elegir qué parte de ella queremos recordar. Cada fotografía es una decisión silenciosa sobre qué merece ser visto. Me conmueve la idea de que, frente al mismo paisaje, cada persona ve algo distinto. La cámara no miente, pero tampoco dice toda la verdad: solo dice la verdad de quien dispara.

Cuando enseño, lo que más quiero transmitir es paciencia. No la paciencia de esperar, sino la de estar. Dejar de correr. Entender que la mejor luz a veces tarda, que el mejor retrato surge cuando la otra persona se siente verdaderamente vista. Trabajar con alumnos me ha enseñado que la fotografía no es técnica, es relación.

Un momento significativo fue cuando una alumna me mostró una foto que había tomado de su madre dormida en el sofá. Era una imagen sencilla, casi accidental, pero tenía algo que no se puede enseñar: ternura. En ese momento entendí que mi trabajo no era formar fotógrafos profesionales, sino devolverle a la gente la confianza de que su mirada importa.

Creo que mi trabajo tiene impacto cuando alguien deja de sentir que necesita un lugar exótico para crear algo bello. Cuando descubre que su cocina, su balcón, su propia cara al espejo, pueden ser materia de arte. Eso cambia la relación con lo cotidiano.

Lo que más me gustaría que la gente entendiera es que la fotografía no es dominar una cámara, es atreverse a mirar. Y que mirar, en un mundo que todo lo acelera, es un acto de resistencia poética.

Para mí, la fotografía está directamente ligada al bienestar. Obliga a detenerse, a respirar, a encontrar belleza donde otros ven rutina. Es una meditación silenciosa con las manos ocupadas.

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